
Últimamente he estado pensando mucho en la gente que ya no está en mi vida, y no me refiero sólo a los que han muerto, si no a los que en algún momento fueron una parte importante a veces imprescindible y que sin embargo, llegado el momento marcharon y desaparecieron sin más. Y resulta, que curiosamente las personas más relevantes, en realidad fueron las que hicieron menos ruido al partir. Según dicen y posiblemente sea así, las grandes heridas escuecen menos que los rasguños, y así, los renglones torcidos de la historia estarían en realidad escritos por gente que se cruzó apenas un instante en mi vida rozándola sin apenas dejar huella.
Casualmente, hoy encontré un viejo libro de magia en cuya contraportada puede leerse un número de teléfono (de cuando no existían los móviles y no era necesario marcar el prefijo dentro de tu provincia) sin prefijo, con un nombre debajo, Gil. Mi amigo y a la vez enemigo Gil, tan deslumbrante él, tan misterioso, tan inestable...Y traté de recordar por que y cuando lo había escrito. En segundos mi mente tuvo que atravesar eones de tiempo y recomponer las imágenes como un puzzle, y me situó un atardecer poco antes de algún verano que ya anda lejos, en el viejo coche de Gil, fumando hierba y hablando del sentido de la vida, de la Divina providencia, la suerte, el destino y el alma, esos conceptos abstractos que tanto le fascinaban. Esa tarde habíamos hecho las paces tras años de competencia mutua por la amistad de Jordi, siempre habíamos sido como dos de tres y Jordi era sin duda el nexo de unión, que nos mantenía juntos y separados a la vez como la Luna a la Tierra. Pero aquel día él no estaba, el viento soplaba con mucha fuerza y el mar parecía querer atraparnos. Yo quería ir hasta el “Toro”, atravesando el espigón, mientras Gil se partía de risa y me decía que estaba loca. Pero salí corriendo y me siguió por las rocas, el temporal nos empujaba como si no quisiera que avanzáramos más, una ola nos cayó encima empapándonos por completo y Gil empezó a gritar: ¡Oh! Capitán mi capitán!. No podíamos dejar de reírnos, y de repetir frases del “Club de los poetas muertos”quizás por efecto de la hierba. Hasta que el frío nos devolvió al coche y pasó el brazo tras mi espalda y yo apoyé la cabeza en su hombro y le pedí que me llevara a casa. Fuimos en silencio todo el viaje, escuchando “Broken wings” y al llegar al portal de casa me quitó el libro escribió algo en la contraportada, yo lo miré extrañada sin tener ni idea de que estaba haciendo, como casi siempre. Al devolverme el libro dejó caer un beso rápido en mis labios, y me dijo: Si me llamas, querrá decir que “el pájaro rompe el cascarón”.
Me despedí con un “hasta mañana” pero no volví a verle nunca más, poco tiempo después me enteré, por Jordi, de que se había ido a vivir a Estados Unidos, que justo el día de la boda de su hermana, se fugó con una invitada, abandonando todo lo que tenía. No pude evitar imaginar cuales fueron las palabras adecuadas, las que sin duda la convencieron:
“El pájaro rompe el cascarón, el huevo es el mundo, aquel que quiere nacer debe destruir un mundo, el pájaro vuela hacia Dios, el Dios se llama Abraxas”*.
Lo más curioso es que hasta hoy no recuerdo haber visto nunca ese número escrito en mi libro, pero claro hablamos de un libro de magia...
PD.¿No parece increíble que en algún lugar del espacio/tiempo no existieran los móviles?
(*Demian, Herman Hesse)-
Casualmente, hoy encontré un viejo libro de magia en cuya contraportada puede leerse un número de teléfono (de cuando no existían los móviles y no era necesario marcar el prefijo dentro de tu provincia) sin prefijo, con un nombre debajo, Gil. Mi amigo y a la vez enemigo Gil, tan deslumbrante él, tan misterioso, tan inestable...Y traté de recordar por que y cuando lo había escrito. En segundos mi mente tuvo que atravesar eones de tiempo y recomponer las imágenes como un puzzle, y me situó un atardecer poco antes de algún verano que ya anda lejos, en el viejo coche de Gil, fumando hierba y hablando del sentido de la vida, de la Divina providencia, la suerte, el destino y el alma, esos conceptos abstractos que tanto le fascinaban. Esa tarde habíamos hecho las paces tras años de competencia mutua por la amistad de Jordi, siempre habíamos sido como dos de tres y Jordi era sin duda el nexo de unión, que nos mantenía juntos y separados a la vez como la Luna a la Tierra. Pero aquel día él no estaba, el viento soplaba con mucha fuerza y el mar parecía querer atraparnos. Yo quería ir hasta el “Toro”, atravesando el espigón, mientras Gil se partía de risa y me decía que estaba loca. Pero salí corriendo y me siguió por las rocas, el temporal nos empujaba como si no quisiera que avanzáramos más, una ola nos cayó encima empapándonos por completo y Gil empezó a gritar: ¡Oh! Capitán mi capitán!. No podíamos dejar de reírnos, y de repetir frases del “Club de los poetas muertos”quizás por efecto de la hierba. Hasta que el frío nos devolvió al coche y pasó el brazo tras mi espalda y yo apoyé la cabeza en su hombro y le pedí que me llevara a casa. Fuimos en silencio todo el viaje, escuchando “Broken wings” y al llegar al portal de casa me quitó el libro escribió algo en la contraportada, yo lo miré extrañada sin tener ni idea de que estaba haciendo, como casi siempre. Al devolverme el libro dejó caer un beso rápido en mis labios, y me dijo: Si me llamas, querrá decir que “el pájaro rompe el cascarón”.
Me despedí con un “hasta mañana” pero no volví a verle nunca más, poco tiempo después me enteré, por Jordi, de que se había ido a vivir a Estados Unidos, que justo el día de la boda de su hermana, se fugó con una invitada, abandonando todo lo que tenía. No pude evitar imaginar cuales fueron las palabras adecuadas, las que sin duda la convencieron:
“El pájaro rompe el cascarón, el huevo es el mundo, aquel que quiere nacer debe destruir un mundo, el pájaro vuela hacia Dios, el Dios se llama Abraxas”*.
Lo más curioso es que hasta hoy no recuerdo haber visto nunca ese número escrito en mi libro, pero claro hablamos de un libro de magia...
PD.¿No parece increíble que en algún lugar del espacio/tiempo no existieran los móviles?
(*Demian, Herman Hesse)-
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